La seguridad, lo seguro tiene ciertamente mucho de monstruoso. Mientras leo ávidamente la novela La crítica de las armas, de José Pablo Feinmann, mientras leo devorando las líneas, hay un párrafo que me perfora: “Lo cotidiano era el terror bajo la forma del silencio. Un modo particular del silencio, no cualquiera. Lo cotidiano está lleno de ruidos, lleno de palabras, señales, gestos, ómnibus, bocinas, taxis, colectivos. El terror de lo cotidiano es el del silencio compartido, el del silencio formado por el pacto del miedo, de la indiferencia, de la negación o de la complicidad. Es el silencio que existe porque nadie dice lo que todos saben. O lo que todos no saben porque no quieren saber, porque no preguntan.”. Pablo, el personaje que lo dice, se encuentra condicionado y encuadrado dentro de la realidad que marcaba la última dictadura militar. Lo dice en su línea de pensamiento en la que se siente una eventual víctima por su condición de subversivo, en el que la tortura ya en su imaginario lo aterroriza, y en donde sabe que puede ser el próximo, el próximo torturado, el próximo muerto o ese próximo llamado de un modo pasmosamente sádico y deliberado: un desaparecido. Si “saco” de contexto lo dicho, en esencia no creo descontextualizar el concepto, la esencia.
Lo cotidiano y lo determinado como seguro construyen ese clase de coraza en la que se pretende eliminar lo que puede inquietar y marcan un ficcticio límite, a costa de una negación que puede ostentar diversas caretas, pero que en esencia no dejan de ser eso: la negación. Lo tomado como cotidiano, lo llamado rutina, transforma la ávida condición de rebeldía en el humano, su carácter de subversión ante lo que te determinan como propio, como firme y seguro, en simplemente un modo más de esquivar cualquier tipo de incomodidad existencial, de cualquier tipo de suceso o perturbación que podamos sentir ante los inexorables (a pesar de toda tela en los ojos) reveses y avatares de la existencia. Porque lo seguro no invita, determina. Lo seguro en su forma más cruel y vista desde afuera, más inocente, no invita sino que solamente hacia dentro, hacia un tipo de frigidez y enfriamento mental y espiritual, en donde lo externo, lo otro que nos rodea, es no sólo distinto, sino que es peligroso. Es peligroso el pensar, es peligroso el reflexionar, es peligroso porque de allí parte la capacidad de crítica, de la verdadera y constructiva crítica que nos ayuda a ser más libres, es peligroso el rebelarse desde lo uno, desde lo pequeño de lo uno como universo particular, de rebelarse ante lo que te agobia con sus formas grises, monótonas y sí, terriblemente seguras.
Es realmente interesante el ver como la seguridad generalmente se confunde con la predicada prudencia. Como si fueran cosas iguales, como si algo prudente fuera necesariamente seguro, como si ser prudente es abogar necesariamente por lo seguro. Cuando en realidad de la prudencia puede nacer lo seguro, pero solamente puede, no que necesariamente debe. La llamada prudencia nace de la reflexión, de la reflexión se mueve nuestra capacidad de decidir, esa capacidad de decisión que es una de las formas de la libertad. Pero también de una exagerada y mojigata prudencia nace la cobardía, por lo que allí también es determinante nuestra capacidad de optar en los momentos justos.
La mencionada cita del principio no es, por supuesto, azarosa en ningún aspecto. Es una metaforización muy precisa y clara de lo que puede ser el silencio. De lo que se esconde detrás de las palabras secuestradas, o del silencio secuestrado a costas de palabras huecas y simplemente cumplidoras de una asfixiante y demandante realidad. La indiferencia es silencio. Es silencio mental y de espíritu. La indiferencia mata, dicen. La indiferencia es esa forma grotesca de conformismo, de incluso podría arriesgar en muchos casos, de conformismo burgués. Esa palabra, “burgués” ,en mi boca, en boca de una “zurdita” como yo, “zurdita” como me decían algunas de mis ex compañeras en Derecho cada vez que levantaba la mano y opinaba y abría el debate sobre derechos humanos, políticas estatales y demás, esa palabra es determinante. No sólo por una cuestión de formación directa o indirecta en lo personal, no simplemente por una cuestión de asumida ideología, no. Sino que también por una cuestión de simple, pero para nada sencillo, lenguaje. Ya ser “zurdita” es un acto de estigmatización para ellos, en donde esa palabra, “zurdita (de mierda, para ser más exactos)” es lo Otro, lo que ataca lo que ellos son y resaltan lo que no son. Eso otro, en ese caso, soy yo. O mejor dicho, esa palabra. (Y para rematarla, que defiende al gobierno y se planta en el medio de clase a defenderlo, ja! “Andate con Cristina”, como me dijo una en una clase de Político.)
Como decía, la indiferencia es esa forma grotesca de conformismo y por ende, de una complicidad compleja y atrapante. De complicidad de saber que no se quiere saber, de salir a la defensa del escudo de la ignorancia, esa ignorancia suave, tibia y reconfortante, en dónde simplemente existen días y ciertos deberes, quizás leer algún libro, quizás soñar un rato despiertos, quizás salir a comprarse una cosa o dos. Esa ignorancia que funciona como un hueco en donde rebotan como ecos las mismas voces y las mismas palabras, en donde se traga, no se discierne nada, en donde es más fácil putear llevado entre frases en letras catástrofes puestas en algún amigable e “independiente” canal de noticias. En donde todo se reduce en una simple cuestión de antagonismos, de dicotomías, en donde sos o no sos. Esa ignorancia que se enfrasca, se enmascara detrás del “no sé o no me interesa”, una de las dos cosas, pero sólo una o ambas son igual de asquerosas. En donde la simple desinformación electiva, la apatía elegida, es la bandera alzada como excusa, como una especie de absolución ante lo que se ve, ante lo que se vive directa o indirectamente, para no quemarse porque el fuego duele, para no jugarse porque moverse duele. Y así, miles de miles se mueven al son de movimientos dormidos, como un ganado que ostenta de manera orgullosa la marca del ausentismo, del facilismo, del idiotismo.
Así como lo seguro invita al fondo de la quietud, quietud que aparenta ser sustancial y vital, el silencio se erige como un edulcorante más a su existencia o, esperanzadamente, a su contrario. El silencio puede dormir, pero también puede incomodar. Y cuando incomoda, aconsejo dejarlo hablar libremente. El “no sé”, el “yo no me meto” o ” el no me interesa, mejor a lo mío”, como si lo “mío”, lo “propio” fuera ese mundo intocable que vive y respira aislado, en donde el resto es simplemente el resto, el caos de lo ajeno, de lo que tiene que tocar pero que sólo pasa a rozar, son el alimento de la bestia de la que luego tantos después de quejan. ¡Cuantas pobres personas luego se preguntan del estado de las cosas! Pero de ahí a que asuman su carácter de victimarios también y no de víctimas únicamente, es un gran acto de autocrítica que amerita madurez. Y como se sabe, este tipo de sociedades en donde lo fácil es lo que mueve, en lo que ser buena persona te puede llegar a ser tildado de pelotudo con un sentido arcaico de lo que se conjuga en un ingenuo humanismo y filantropía, en donde está bien que se salga a bailar cumbia villera en un boliche, pero a la mañana siguiente todos lo que hacen cumbia son unos negritos villeros, y seguramente ladrones, drogacticos, y por supuesto, que no se atrevan a cortar alguna ruta porque sino hay que pedir a gritos que se los reprima con todo el peso de la autoridad. Sociedades en donde se es sólo individuo y el resto son sólo individuos también, y no personas. En este tipo de sociedades en la que en parte aún sufre de una horrible amnesia por conveniencia, porque es mejor tapar para que no se vea la mugre, es mejor que el pasado esté muerto, bien muerto para que no moleste a los vivos, a los bien vivos que quieren estar en paz, que quieren estar seguros y demandan seguridad. Bonita seguridad. En estas sociedades en donde la exaltación del yo solamente se ve perturbado por el resto cuando ese resto de alguna manera pasa a llevar algún interés o comodidad de ese yo, sino para que molestarse en ver qué sucede sino perjudica lo mío, lo propio, esa fortaleza construida en base a lo que solamente conviene, no a lo que también conviene en el sentido solidario y humanista. En estas sociedades en donde se adolece de la necesaria madurez, en la que aún a pulmón se va tratando de salir de una agobiante trampa impuesta a veces, autoimpuesta otras tantas.
Y en este momento pienso en la palabra política, palabra ruidosa si las hay. “No me gusta la política”, “no me interesa la política”. Y me doy cuenta que es cuestión de connotaciones, inevitable cuestión de connotaciones. La mayoría de la gente, de manera automática, la asocia con militar en algún partido, en armar quilombo, en andar todo el tiempo en marchas, en andar entregando papelitos, en el “ser chanta”, en “la política es sucia”. ¿La política es sucia? No, la política no es sucia, es sucio lo que puede llegar a hacerse con, a través y en nombre de ella. De eso hay pruebas suficientes en todo tiempo y lugar. Pero lamentablemente siento que por esta cuestión de connotaciones, en la que como en el caso de la indiferencia, se asume sin chistar más argumento que lo que se asimila como lo ya dicho, se llega al punto en el que la indiferencia se abre camino y se renueva con terrible velocidad y descaro. La gente tiene que aprender a asumir su naturaleza política, no por nada la conocida y ultra citada frase de Aristóteles: ” el Hombre es un animal político”. Político porque puede, pero por sobre todo, debe actuar. Moverse, pensar, reflexionar, actuar en pos de una capacidad que no es gratis pero que existe, de poder aprender y construir en base no solo de la llamada razón, sino en base a la experiencia no únicamente propia, sino la que se expande en cada relación que tejemos y se teje a nuestro alrededor, nos toque o no, pero que nos indica un paso en nuestro desenvolvimiento como entes dotados de acción constructiva, de rebelión. Político porque puede y debe transformar. Claro, que en boca de una zurdita como yo, no puede faltar algunas sabias palabras de Marx, imbatibles al tiempo y la constancia histórica:
“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.”
Haciendo un uso extensivo del término filósofo, extendamonos hasta el término hombres, humanos. Humanos, hemos nacido para trasformar la realidad.